lunes, 27 de mayo de 2013

Capítulo 3



Mientras leen:

 
Capítulo 3 

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Cuando desperté, el suelo de mi habitación estaba cubierto de papel. 

Un paréntesis. Sé que me la he pasado durmiendo gran parte de la historia, pero a mi favor, debo decir que fue la parte más desgastante de llegar a Stevanovna, de hecho, no es un lugar donde alguna vez realmente te acostumbres a estar. 

No me molesté en recoger las hojas. Me duché y encontré un hermoso vestido azul cielo en un armario, me lo puse sin más. Ya no intentaba encontrarle explicaciones a lo que ahora sería mi hogar, al menos por tiempo indefinido. 

Salí decididamente, me dirigí hacia el ascensor y como si pudiera leer mi mente, me llevó hacia la recepción del edificio. Decidí que esta vez haría las cosas bien, tal vez así podría recuperarlo. No lo había olvidado ni por un solo instante. No. De ningún modo lo olvidaría.

Caminé tranquilamente por la recepción que me pareció más grande que la primera vez que había entrado por la gran puerta con el letrero de MMD, tal vez  porque sentía que cada paso que daba era decisivo, me concentré en mover un pie delante del otro. Intenté mantener oculta la ansiedad que sentía. Pude ver entonces una puerta blanca, la cual no combinaba con el resto de la decoración, no sé cómo no la noté antes. Ya era hora de encontrarme con Eleonora. Sentí cómo mis manos se iban tornando frías y sudorosas.

No necesité llamar a la puerta, se abrió una vez que estuve lo suficientemente cerca.

- Pasa, querida. – dijo Eleonora, quien por alguna razón me estaba esperando.

- Buenos días señora – contesté tímidamente.

- Supongo que has venido por explicaciones, ¿no es así?

Me sorprendió que fuera directamente al grano, no sabía qué decir. Solo pensé en mi piano y dejé las palabras salir.

-En realidad, en este momento sólo quiero saber cómo recuperar algo sumamente valioso para mí.

Observé su oficina, no tenía un escritorio. A decir verdad, no era una oficina convencional, tenía 3 sofás grandes de cuero, negros y bastante cómodos debo decir. Una mesita en el centro, de vidrio. Todo tenía un aspecto sumamente sofisticado. Por alguna razón estaba más que intimidada por Eleonora en ese momento, me sentí fuera de lugar y tenía la urgencia de irme.

- Ya veo, pero primero necesitarás purificar los restos del mundo anterior que hay en ti, querida. No pensé que desde el primer día fueras a sufrir un desmayo gracias a nuestro querido Frèdèric Chopin. Aunque debo decir que es una persona bastante agradable si lo llegas a conocer bien. En fin, puedo darte tu piano hoy mismo, y cuando vuelvas a tu apartamento seguramente estará ahí esperándote. Pero primero debemos establecer algunas condiciones.

- ¿Qué clase de condiciones?

-Stevanovna no es cualquier ciudad para músicos muertos Adalira, debes comprenderlo. Es necesario que te adaptes rápidamente al ritmo de vida de esta ciudad si no quieres desfallecer en el intento. Primera condición, debes componer al menos una pieza al día.

-Pero… ¿qué pasa si no puedo dar la talla?

-Creo que eso no será ningún problema  para ti, mi sensor me ha indicado gran actividad proveniente de tu piso la noche anterior, más actividad que la que se había percibido en meses. Los sensores son instrumentos creados con partes de incomparables armonías, son forjados en los talleres y déjame decirte que son bastante exactos. Por eso te devuelvo el piano, aunque creo que será un problema para ti alcanzar el equilibrio entre el síndrome de Chopin y la muerte musical. 

- ¿Muerte musical? – un escalofrío recorrió mi cuerpo - Eh… no entiendo bien a qué se refiere señora. 

- Llámame Eleonora querida, estás en confianza. – me dirigió una cálida sonrisa. En ese momento estaba demasiado confundida como para leer alguna intención escondida bajo esas palabras, me encontraba demasiado feliz. No pensé que fuese tan fácil recuperar mi piano. Ya me había hecho a la idea de asistir a estúpidas terapias para músicos desafinados, pero al parecer mi historia no iba por esa línea. 

- Bueno… ¿Cuál es la segunda condición? Además… ¿Cuántas condiciones son?

En ese momento sonó algo que parecía un teléfono, pero cuando lo vi me percaté de que era un pequeño tamborcito. Al parecer era algo importante porque enseguida se levantó y fue a ver qué era lo que había en el tambor, creo que era una especie de código, se oyeron 4 golpes.

-Retírate Adalira, seguiremos hablando cuando sea el momento. 

-Pero señora…digo, Eleonora, ¿qué pasa con…

-Adiós, Adalira.

Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta y cuando estaba a punto de protestar una vez más, me tiró la puerta en la cara.

Comencé a caminar cada vez más rápido, me dirigí hacia el ascensor, a la habitación 177, a mi querido apartamento, mi querido piano. Exquisito. Esperándome. No cabía en mí de la emoción que sentía. Creo que no estuve más ilusionada alguna vez en mi vida.

-Adalira, mira lo que te compré.

Por un momento mi mente se nubló y la habitación desapareció ante mis ojos. 

10 años atrás, yo tendría 9 años. Mi familia me había llevado de viaje a la finca de mis abuelos, un bonito lugar en medio de la montaña donde podía jugar a ser cualquier cosa. Ese día jugaba a salvar a todos mis amigos, imaginarios por supuesto. Tiraba flechas prendidas con fuego a mi enemigo que se acercaba presuntuosamente con una mirada llena de odio. Tiré la flecha decisiva: justo en medio de la frente. Enseguida se esfumó con un grito de dolor. “¡Me vengaré!”, se escuchó detrás de la nube de su derrota. Había salvado a todos mis amigos, lo había hecho de nuevo. Estaba lista para mi nueva aventura, ¿qué sería esta vez? Tal vez sería navegante, o intentaría surcar los cielos volando, con mis propias alas o si no, las construiría yo misma. 

De repente escuché esa voz. Mis ojos se llenaron de sorpresa cuando lo vi.

-¡Estás aquí!

-Adalira, mira lo que te compré.

No lo había olvidado, era mi cumpleaños. Ya me había resignado a pasar el día lejos de él, no podríamos jugar juntos, como habíamos hecho desde que nos conocimos casi todos los días, semanas, meses, años. ¿Pero cómo había llegado hasta ahí? No importaba, mi querido amigo había llegado. Me vi a mí misma correr hacia él felizmente, pero en esa niebla misteriosa él no era para mí más que una sombra. No pude ver su rostro. Tenía un libro en sus manos y lo tendió hacia mí. Hice el libro a un lado y lo abracé. Esta vez, surcaríamos el cielo juntos.

Súbitamente, la neblina desapareció de mis ojos. Stevanovna, de nuevo. ¿Qué había sido aquello? Me encontraba de pie frente al ascensor, aún en el vestíbulo. De repente, las puertas se abrieron y salió Adelina, quien lucía un vestido lleno de flores rojas y un hermoso sombrero de verano. Me miró complacida.

-¡Te he estado buscando toda la mañana! ¿Dónde te habías metido?

-¿Ah sí? ¿Por qué me buscabas?

Estaba confundida. Mi cabeza seguía un poco nublada y no podía pensar con claridad.

-Creo que te vendría bien un poco de aire fresco, apuesto que no has tenido la oportunidad de visitar Stevanovna y sus mejores lugares. ¡Ven conmigo! 

No pude oponer resistencia, me tomó de la muñeca y me arrastró hacia la puerta. La luz realmente me cegó, pero una vez que abrí los ojos, todo lucía perfecto. No sé si mis ojos me engañaban, pero daba la sensación de que los colores se tornaban música y las melodías a su vez, teñían hermosamente todo alrededor, cada flor, cada árbol, incluso las casas lucían alegres. Escuché una armónica, sonaba una melodía divertida. Un señor la tocaba alegremente en una plaza cercana al edificio de los MMD. No podía dejar de oír la armónica, me llenaba de vida. Adelina estaba realmente complacida por el hecho de que yo hubiera accedido a acompañarla, aunque realmente ella me había empujado hacia fuera del edificio. Ya no importaba, con cada paso que daba solo aumentaban mis deseos de seguir conociendo la ciudad. 

- Tengo que llevarte a un lugar que te encantará, mis amigos pianistas lo frecuentan a menudo, es un café llamado “Pianissimo”.

Reí al escuchar el nombre del lugar al que pretendía llevarme.

-Supongo que es un lugar bastante tranquilo a juzgar por su nombre. 

- Es un lugar muy elegante, ¡te fascinará!

Así, arrastrada por esa alegre chica me dirigí a Pianissimo. Sin embargo, una incertidumbre se clavaba en mí.

No podía quitar de mi mente la figura oscura de mi recuerdo.

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