Mientras leen:
Capítulo 3
Cuando desperté, el suelo de mi habitación estaba cubierto de papel.
Un paréntesis. Sé que me la he pasado durmiendo gran parte de la historia,
pero a mi favor, debo decir que fue la parte más desgastante de llegar a Stevanovna,
de hecho, no es un lugar donde alguna vez realmente te acostumbres a estar.
No me molesté en recoger las hojas. Me duché y encontré un hermoso vestido azul
cielo en un armario, me lo puse sin más. Ya no intentaba encontrarle
explicaciones a lo que ahora sería mi hogar, al menos por tiempo indefinido.
Salí decididamente, me dirigí hacia el ascensor y como si pudiera leer mi
mente, me llevó hacia la recepción del edificio. Decidí que esta vez haría las
cosas bien, tal vez así podría recuperarlo. No lo había olvidado ni por un solo
instante. No. De ningún modo lo olvidaría.
Caminé tranquilamente por la recepción que me pareció más grande que la
primera vez que había entrado por la gran puerta con el letrero de MMD, tal
vez porque sentía que cada paso que daba
era decisivo, me concentré en mover un pie delante del otro. Intenté mantener oculta
la ansiedad que sentía. Pude ver entonces una puerta blanca, la cual no
combinaba con el resto de la decoración, no sé cómo no la noté antes. Ya era
hora de encontrarme con Eleonora. Sentí cómo mis manos se iban tornando frías y
sudorosas.
No necesité llamar a la puerta, se abrió una vez que estuve lo
suficientemente cerca.
- Pasa, querida. – dijo Eleonora, quien por alguna razón me estaba
esperando.
- Buenos días señora – contesté tímidamente.
- Supongo que has venido por explicaciones, ¿no es así?
Me sorprendió que fuera directamente al grano, no sabía qué decir. Solo pensé
en mi piano y dejé las palabras salir.
-En realidad, en este momento sólo quiero saber cómo recuperar algo
sumamente valioso para mí.
Observé su oficina, no tenía un escritorio. A decir verdad, no era una
oficina convencional, tenía 3 sofás grandes de cuero, negros y bastante cómodos
debo decir. Una mesita en el centro, de vidrio. Todo tenía un aspecto sumamente
sofisticado. Por alguna razón estaba más que intimidada por Eleonora en ese
momento, me sentí fuera de lugar y tenía la urgencia de irme.
- Ya veo, pero primero necesitarás purificar los restos del mundo anterior
que hay en ti, querida. No pensé que desde el primer día fueras a sufrir un
desmayo gracias a nuestro querido Frèdèric Chopin. Aunque debo decir que es una
persona bastante agradable si lo llegas a conocer bien. En fin, puedo darte tu
piano hoy mismo, y cuando vuelvas a tu apartamento seguramente estará ahí
esperándote. Pero primero debemos establecer algunas condiciones.
- ¿Qué clase de condiciones?
-Stevanovna no es cualquier ciudad para músicos muertos Adalira, debes
comprenderlo. Es necesario que te adaptes rápidamente al ritmo de vida de esta
ciudad si no quieres desfallecer en el intento. Primera condición, debes componer
al menos una pieza al día.
-Pero… ¿qué pasa si no puedo dar la talla?
-Creo que eso no será ningún problema
para ti, mi sensor me ha indicado gran actividad proveniente de tu piso
la noche anterior, más actividad que la que se había percibido en meses. Los
sensores son instrumentos creados con partes de incomparables armonías, son
forjados en los talleres y déjame decirte que son bastante exactos. Por eso te
devuelvo el piano, aunque creo que será un problema para ti alcanzar el
equilibrio entre el síndrome de Chopin y la muerte musical.
- ¿Muerte musical? – un escalofrío recorrió mi cuerpo - Eh… no entiendo bien
a qué se refiere señora.
- Llámame Eleonora querida, estás en confianza. – me dirigió una cálida
sonrisa. En ese momento estaba demasiado confundida como para leer alguna
intención escondida bajo esas palabras, me encontraba demasiado feliz. No pensé
que fuese tan fácil recuperar mi piano. Ya me había hecho a la idea de asistir
a estúpidas terapias para músicos desafinados, pero al parecer mi historia no
iba por esa línea.
- Bueno… ¿Cuál es la segunda condición? Además… ¿Cuántas condiciones son?
En ese momento sonó algo que parecía un teléfono, pero cuando lo vi me
percaté de que era un pequeño tamborcito. Al parecer era algo importante porque
enseguida se levantó y fue a ver qué era lo que había en el tambor, creo que
era una especie de código, se oyeron 4 golpes.
-Retírate Adalira, seguiremos hablando cuando sea el momento.
-Pero señora…digo, Eleonora, ¿qué pasa con…
-Adiós, Adalira.
Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta y cuando estaba a punto de
protestar una vez más, me tiró la puerta en la cara.
Comencé a caminar cada vez más rápido, me dirigí hacia el ascensor, a la
habitación 177, a mi querido apartamento, mi querido piano. Exquisito.
Esperándome. No cabía en mí de la emoción que sentía. Creo que no estuve más ilusionada
alguna vez en mi vida.
-Adalira, mira lo que te compré.
Por un momento mi mente se nubló y la habitación desapareció ante mis ojos.
10 años atrás, yo tendría 9 años. Mi familia me había llevado de viaje a la
finca de mis abuelos, un bonito lugar en medio de la montaña donde podía jugar
a ser cualquier cosa. Ese día jugaba a salvar a todos mis amigos, imaginarios
por supuesto. Tiraba flechas prendidas con fuego a mi enemigo que se acercaba presuntuosamente
con una mirada llena de odio. Tiré la flecha decisiva: justo en medio de la
frente. Enseguida se esfumó con un grito de dolor. “¡Me vengaré!”, se escuchó
detrás de la nube de su derrota. Había salvado a todos mis amigos, lo había
hecho de nuevo. Estaba lista para mi nueva aventura, ¿qué sería esta vez? Tal
vez sería navegante, o intentaría surcar los cielos volando, con mis propias
alas o si no, las construiría yo misma.
De repente escuché esa voz. Mis ojos se llenaron de sorpresa cuando lo vi.
-¡Estás aquí!
-Adalira, mira lo que te compré.
No lo había olvidado, era mi cumpleaños. Ya me había resignado a pasar el
día lejos de él, no podríamos jugar juntos, como habíamos hecho desde que nos
conocimos casi todos los días, semanas, meses, años. ¿Pero cómo había llegado
hasta ahí? No importaba, mi querido amigo había llegado. Me vi a mí misma
correr hacia él felizmente, pero en esa niebla misteriosa él no era para mí más
que una sombra. No pude ver su rostro. Tenía un libro en sus manos y lo tendió
hacia mí. Hice el libro a un lado y lo abracé. Esta vez, surcaríamos el cielo
juntos.
Súbitamente, la neblina desapareció de mis ojos. Stevanovna, de nuevo. ¿Qué
había sido aquello? Me encontraba de pie frente al ascensor, aún en el
vestíbulo. De repente, las puertas se abrieron y salió Adelina, quien lucía un
vestido lleno de flores rojas y un hermoso sombrero de verano. Me miró
complacida.
-¡Te he estado buscando toda la mañana! ¿Dónde te habías metido?
-¿Ah sí? ¿Por qué me buscabas?
Estaba confundida. Mi cabeza seguía un poco nublada y no podía pensar con
claridad.
-Creo que te vendría bien un poco de aire fresco, apuesto que no has tenido
la oportunidad de visitar Stevanovna y sus mejores lugares. ¡Ven conmigo!
No pude oponer resistencia, me tomó de la muñeca y me arrastró hacia la
puerta. La luz realmente me cegó, pero una vez que abrí los ojos, todo lucía
perfecto. No sé si mis ojos me engañaban, pero daba la sensación de que los
colores se tornaban música y las melodías a su vez, teñían hermosamente todo
alrededor, cada flor, cada árbol, incluso las casas lucían alegres. Escuché una
armónica, sonaba una melodía divertida. Un señor la tocaba alegremente en una
plaza cercana al edificio de los MMD. No podía dejar de oír la armónica, me
llenaba de vida. Adelina estaba realmente complacida por el hecho de que yo
hubiera accedido a acompañarla, aunque realmente ella me había empujado hacia
fuera del edificio. Ya no importaba, con cada paso que daba solo aumentaban mis
deseos de seguir conociendo la ciudad.
- Tengo que llevarte a un lugar que te encantará, mis amigos pianistas lo
frecuentan a menudo, es un café llamado “Pianissimo”.
Reí al escuchar el nombre del lugar al que pretendía llevarme.
-Supongo que es un lugar bastante tranquilo a juzgar por su nombre.
- Es un lugar muy elegante, ¡te fascinará!
Así, arrastrada por esa alegre chica me dirigí a Pianissimo. Sin embargo,
una incertidumbre se clavaba en mí.
No podía quitar de mi mente la figura oscura de mi recuerdo.
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