sábado, 13 de julio de 2013

Capítulo 6

Nota de la autora: 
Al fin pude terminar el capítulo, disculpen la tardanza, esta vez no agregué ninguna pieza, pero me gustaría que cuando terminen de leer el capítulo, piensen en la pieza que calzaría con este capítulo, algo así como su banda sonora y si gustan, pueden decírmela en un comentario. ¡Gracias!



Capítulo 6


Al día siguiente encontré una nota que alguien había deslizado bajo mi puerta, un pequeño memorándum.
“Es día de que te integres a las actividades de los Músicos Mentalmente Desorientados, te estaremos esperando a las 9:00 a.m. en la sala virtual, puedes llegar preguntando en el lobby.”

¿Sala virtual? Sonaba como una película de ciencia ficción o algo parecido. Me duché, me puse unos jeans y una blusa blanca con una llave de sol y una llave de fa formando un corazón. Recogí mi pelo en una coleta y me dirigí hacia el lobby. Bajé por el ascensor y me dirigí hacia la recepcionista, cuyo nombre aún no conocía. Busqué algún gafete para identificarla pero no traía ninguno consigo.


-Buenos días, disculpa, no sé tu nombre.

-Soy Margaret – agregó, mientras anotaba algunas fechas en una agenda llena de notas y flechas por todos lados - ¿se te ofrece algo Adalira de la habitación 177?

- Me ha llegado un memorándum, diciéndome que tenía que dirigirme a la “Sala Virtual” para actividades de los Músicos Mentalmente Desorientados.

- Claro, aquí está tu pase – dijo, dándome un collar con una llavecita con forma de corchea – úsala para entrar por la puerta de cristal que está en el segundo piso, ve por el ascensor.

Me dirigí al ascensor y llegué al segundo piso. Nunca había entrado ahí hasta el momento. Tampoco me había surgido mucha curiosidad puesto que no entendía del todo cómo funcionaba ese ascensor sin botones, sólo te llevaba a donde necesitaras llegar. Caminé por el pasillo, se oía un saxofón a lo lejos. A la izquierda del ascensor, vi la puerta de cristal muy amplia con una hendidura en forma de corchea a un costado, donde coloqué mi llave con sumo cuidado. Después de un momento, escuché un “clic” y la puerta se abrió. Parecía un lugar tétrico a decir verdad, pero me armé de valor y entré, siguiendo la melodía del saxofón.

Observé a un tipo alto y grueso con una gabardina blanca. Cuando me vio me dirigió una sonrisa amable y estrechó mi mano.
-Soy Gustav, bienvenida a la sesiones de los MMD, seré tu guía a través de la primera sala, ¿quién eres pianista? – inquirió.

A estas alturas ya no me sorprendía que supieran qué instrumento tocaba, solamente podía deducir que quienes lo notaban llevaban viviendo mucho tiempo en Stevanovna.

- Soy Adalira, encantada. ¿De qué se tratan exactamente estas sesiones Gustav?

- Un poco de todo, ya lo verás – añadió misteriosamente.

Me pidió que lo siguiera por un pasillo completamente blanco como su gabardina y llegamos a una estancia con 5 puertas, me indicó que entrara a la puerta roja, la primera de izquierda a derecha. Antes de que me fuera, me dijo que era una sala a prueba de sonido, utilizada como un tratamiento anti estrés para los músicos nuevos, puesto que muchas veces las emociones no se transmitían correctamente al principio mediante la música y que era posible que interpretaran versiones distorsionadas de las melodías, aunque no era el caso de todos. Me dijo que entre los dos trabajaríamos poco a poco para ver de qué forma podía enfocar mi talento en una forma constructiva para Stevanovna.

Entré por la puerta roja y la sala, que al principio tenía paredes blancas, comenzó a cambiar. Las paredes que ahora parecían grandes pantallas cambiaban de color y formaban fotos. Mi corazón se aceleró, por alguna razón tenía miedo de ver cosas que no quería recordar. Sus paredes mostraron un día lluvioso, más no había ningún sonido. Vi una sala de hospital vacía, un jardín de juegos, una rueda de la fortuna en una feria. Todo estaba vacío. Cada imagen era provocada por mi cerebro según entendí posteriormente a la sesión. Al parecer, la sala muestra las cosas que te provocan estrés, mediante un link establecido con tu “cerebro musical”, para que así tengas que enfrentarlas y liberar el estrés que te producen. Claro que no pueden esperar que después de una sola sesión todo esté bien contigo y que ya nada te produzca estrés, no es así, pero se busca como mínimo que puedas tolerar las imágenes aunque te sigan generando sentimientos incómodos.

Comencé a sentir un fuerte dolor de cabeza y sentí que me desvanecería, como cuando iba a tocar mi piano por primera vez. Iba a empezar a gritar pero cuando abrí mi boca para liberarlo, las paredes reflejaron esta vez una pequeña colina con un árbol de unas frutas que no había visto nunca, eran pequeñas y blancas. El cielo se tornó celeste y las nubes formaban hermosas figuras conforme eran llevadas por el viento. Me tumbé entre el césped intranquila, intentando relajarme, el día en la sala virtual pasó a ser noche. Un cielo completamente estrellado se abrió ante mis ojos, noté unas estrellas en una constelación muy peculiar, mi admiración crecía porque no eran estrellas normales. Las observé con atención hasta que comenzaron a contar una historia en el firmamento.

“Había una vez una pequeña niña que tenía pocos amigos. Vivía detrás de donde se apagan las luces del ocaso. Donde el verde le gana al gris y  los vecinos se conocen. Un lugar verdaderamente encantador, aunque pequeño. Un día, la pequeña niña quiso saber qué había más allá del ocaso. Sus padres siempre le habían dicho que había pedacitos de sueños, pedacitos de cielo. Ella quería saber cómo era ese lugar detrás de las montañas. Así que un día, cuando el sol salió, la niña decidió que iría a explorar.

Alistó su mochila, la llenó de frutos blancos del árbol del pueblo y se dirigió a su aventura con decisión. Comenzó a caminar y cuando estaba a punto de cruzar el lugar donde nadie de su pueblo había llegado, volvió su mirada hacia atrás y pensó “volveré pronto papá y mamá”.

Sin saber que jamás sucedería.

Cuando cruzó, su cuerpo comenzó a adquirir el color del cielo y a brillar, la pequeña niña se quedó atónita, completamente fascinada. Pero vio que todo a su alrededor era completamente negro, más negro que la noche, por algunos lugares se veían algunas chispitas azules momentáneas, de repente, tuvo miedo. Comenzó a escuchar voces, sus gritos hacía que no sonaran humanas. Comenzó a correr, porque sintió que la estaban siguiendo. No veía nada, tropezó con un pequeño objeto en el piso y cuando cayó se golpeó la cabeza con un objeto filoso que estaba cerca, un líquido totalmente blanco comenzó a salir de su herida. Escuchó las pisadas cada vez más cerca, un poco mareada logró levantarse, pero antes de que lograra seguir corriendo, unas figuras negras sin rostro la tomaron enseguida. La luz comenzó a desvanecerse en su piel, comenzaron a arrancar sus pedazos poco a poco, comenzó a gritar, pedir ayuda, hasta que llegó el momento donde ya no sentía dolor y la pequeña niña no era más que un recuerdo.

Pedacitos de sueños, pedacitos de cielo.”

Creo que me había dormido por algunos minutos, no mucho tiempo. Me desperté completamente fría. ¿Aquello era lo que pensaba que era? Era una hermosa metáfora, la forma menos fea de pintar las cosas. No lo sabía. Salí de la habitación y Gustav me miró sorprendido.

- Adalira, ¿estás bien? Estás completamente blanca.

Me dio un poco de chocolate staccato. Intenté explicarle lo sucedido en la sala roja pero me calló inmediatamente.

-No es necesario que digas nada, lo que pase en esa sala es personal. Te muestra puntos débiles de tu memoria, a veces no son explicados explícitamente, a veces son simplemente colores, fotografías, otras veces son pequeñas películas donde te puedes ver a ti mismo en tu vida anterior. Todo depende de qué tan bien esté tu memoria y claro, de cuánto quieres recordar.

- ¿Tengo que volver a entrar a ese lugar? – pregunté, asustada con la idea de tener que cruzar esa horrible puerta roja de nuevo.

-Depende de tus avances con el resto de sesiones de los MMD. Normalmente, no esperamos que estés como nueva en una sesión, pero tengo el presentimiento de que lo harás muy bien Adalira – dijo, dirigiéndome una sonrisa tranquilizadora.

- Gracias Gustav, ¿ya puedo irme?

-No tan rápido, ¿no creerás que eres la única MMD en este edificio o sí? A veces las sesiones grupales son de mucha ayuda para algunos músicos, pueden expresar lo que sienten con respecto a la música, cuáles son sus aspiraciones en Stevanovna, en qué tipo de actividades les gustaría participar cuando hayan avanzado más en sus sesiones, ya verás que será divertido.

-Como digas Gustav – añadí con desgana. No sonaba para nada divertido, menos aún para mí, que siempre había sido una persona introvertida, siempre soñando despierta, guardando mis ideas para mí.

No me gustaba expresar en voz alta lo que sentía, no quería que nadie se burlara si me ponía nerviosa. De todos modos, no era asunto de los demás lo que yo quisiera hacer con mi vida, bueno, mi…segunda vida, por así decirlo. A pesar de mi resistencia a asistir a la siguiente sala, Gustav logró convencerme, al menos para que lo intentara una vez.

Me dirigí entonces a la segunda puerta, escuché unas voces animadas charlando del otro lado, y una melodía alegre tocada por un saxofón. Metí mi llave con forma de corchea y abrí. Un grupo totalmente extraño estaba ante mí. Según conté, eran ocho hombres y mujeres, cada uno con una vestimenta muy particular. Una mujer muy hermosa con un vestido dorado se dirigió hacia mí.

-¡Bienvenida Adalira! Te estábamos esperando. ¡Atención todos! Ella es Adalira, se unirá a nosotros de ahora en adelante en las sesiones de los MMD.

Me quedé helada ante tal recibimiento, estaba muy nerviosa. Un chico que estaba atrás del resto, con un saxofón en la mano dirigió su mirada hacia mí  y sonrió, luego noté que todos me observaban atentamente. Me ruboricé mucho. Me dirigí a mi asiento dentro del círculo, me sentía excesivamente torpe en ese momento, sin embargo, todos me observaban con miradas simpáticas, lo cual me animó un poco.

-Damos por iniciada la sesión de los Músicos Mentalmente Desorientados – dijo la mujer – mi nombre, para los que no me conocen, es Clara Schumann.


miércoles, 3 de julio de 2013

En proceso...

Hola a todos! Me encuentro escribiendo el capítulo 6 de Los Músicos de Stevanovna. No piensen que lo he olvidado. Probablemente lo publique el fin de semana de la semana que viene, que estaré más desocupada. Adalira por fin asistirá a una de las sesiones de los MMD o al menos eso parece. 

Ya nos estaremos escribiendo.

martes, 11 de junio de 2013

Capítulo 5



Capítulo 5



No es como que todos los días te encuentres un compositor clásico por ahí. Recuerdo cuando leí sobre él. Franz Liszt. Niño prodigio, aportó en sobremanera a la música puesto que amplió los recursos para la interpretación del piano, además de que impulsó la música de programa, o sea, la música que se compone para evocar imágenes extra-musicales, por ejemplo, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Franz Liszt, padre del poema sinfónico y mucho más que eso, músico revolucionario.

Frente a mí. Sonriente. Mientras movía sus dedos con tanta gracia al interpretar La Campanella, sentí que se movía algo dentro mí. Cuando terminó la pieza, noté que Charles me miraba con cierta curiosidad. Avergonzada, bajé mi mirada.

- Disculpa si te molesté – me dijo Charles - pero te veías realmente encantada.

-No hay problema.-contesté apenada. 

Franz Liszt se levantó y se dirigió hacia mí con la misma gracia con la que había hecho sonar La Campanella. 

-Perdone, no sabía que era…disculpe, yo… - no podía articular la emoción que sentía en ese momento.

-No no, nada de eso Adalira, nada de formalismos, este es mi café y eres bienvenida, llámame Franz solamente, muchos antes me llamaron maestro pero hace tiempo que me he retirado de enseñar.

- Gracias…no sé qué decir, me ha sorprendido mucho darme cuenta que era el gran Franz Liszt.

-Gracias Adalira, al parecer eres de las pocas personas que solían amar la música clásica en el mundo anterior, te lo agradezco. Las personas muchas veces se pierden en tantos sonidos estridentes, que al final resultan ser solo ruido. No me malinterpretes; desde que tengo el café me he dedicado a aprender algunas piezas de jazz y otros géneros para mantener vivo el ambiente y ha sido verdaderamente divertido, no lo puedo negar. 

Me quedé unas horas más charlando con Charles, Adelina y Franz animadamente, me contaron de muchas actividades de la ciudad en las que podría participar cuando así yo lo deseara, agradecí sus invitaciones y prometí tocar con ellos alguna vez. Con la emoción que tenía de estar tomando un café mezzo forte con Franz, no me percaté de que se hacía tarde. Pero de todos modos, no es algo que hagas todos los días. Cuando ya estaba oscureciendo me despedí de ellos, Adelina se ofreció a acompañarme de vuelta al edificio, pero necesitaba pasar un rato conmigo misma.

Salí del café y comencé a caminar por la plaza, desde ahí noté unos árboles. Me acerqué y noté que era una arboleda de un parquecito. Me senté en una banca sola para observar el atardecer, escuchaba juguetonas cadencias de jazz en mi cabeza mientras observaba el color naranja-violeta del ocaso. Estaba particularmente feliz, me levanté y me dirigí a un kiosco hacia el centro de la ciudad, del que provenía alguna música. 



Justo en el centro había una chica tocando el clarinete espectacularmente. Su melodía era sumamente melancólica, pero de alguna forma me reconfortaba en aquella gran ciudad. Mientras tocaba el clarinete se movía lentamente, sintiendo la hermosura de la música en cada compás. 

¿Quién lo diría? Después de tanto tiempo, o al menos parecía que hubiesen pasado ya unos cuantos meses, mientras la realidad era otra. Por un momento la tristeza llegó a mí, silenciosa y lenta, hasta clavárseme en la médula. Intenté que las imágenes se fueran de mi cabeza, no era el momento para pensar en muerte. Su muerte. Menos en aquel lugar mágico con esa melodía tan preciosa. La chica vestía una chaqueta de cuero negro, tenía el pelo corto, azabache. Ojos color miel. Cuando notó que la observaba ni se inmutó y siguió tocando, aparentemente satisfecha de poder compartir su música con alguien más que con la arboleda cercana. 

Una vez que terminó, se acercó a mí y me miró con curiosidad. 

-Nunca te he visto por aquí. Mucho gusto, mi nombre es Marianne. – cuando extendió su mano para estrechar la mía, noté un tatuaje de un dragón en su muñeca. Nos sentamos en las gradas del kiosco.

-Soy Adalira, encantada. Llegué hace unos días, pero hasta hoy he tenido la oportunidad de recorrer la ciudad por mi cuenta.

-Ya veo, ¿qué instrumento tocas?

-El piano.

-Maravilloso, hace rato que no conocía ningún pianista por aquí.

-Eso me han dicho.

-Oye, hay un lugar que tal vez que guste, se llama Pianissimo y su dueño…

-No hace falta que lo digas, ya estuve por ahí – añadí sonriente.

-¡Genial! Entonces seguro ya conociste a Franz, hace tiempo que no visito el café, he estado ocupada con las actividades de fin de mes.

-¿Qué actividades de fin de mes?

-Seguro ya te han contado que en Stevanovna se hacen muchas actividades. Resulta que este fin de mes me corresponde brindar un pequeño recital, ya sabes, la forma de los músicos de contribuir a alimentar el alma de esta ciudad. Estuve en los MMD hasta hace unos meses y desde que salí he estado bastante atareada. 

-Oye, ¿qué libro es ese? – la interrumpí, notando un libro en su pequeño bolso de tela. 

-El Principito.

-Han pasado años desde que leí ese libro.

-Me encanta, no lo había leído nunca, me lo regaló un niño un día que iba caminando por la plaza.
Recordé la iniciativa de la que había participado una vez en el mundo anterior, de los libros perdidos. Yo “perdí” La Odisea, la dejé en una fuente cerca de una  biblioteca en el centro de la ciudad, para que así encontrara un nuevo hogar. Me perdí en mis pensamientos sobre libros perdidos y encontrados. Marianne rompió el silencio.

-Por cierto, justamente estaba buscando alguien que tal vez quisiera acompañarme en un dueto para la actividad de fin de mes. Quiero decir…lo siento, creo que fui muy rápido, apenas te conozco.

-No te preocupes por eso, me agrada como tocas, pero me parece que tengo que tomarme las cosas con calma.

-Claro claro, lo entiendo. Disculpa.

-No, al contrario, disculpa que no pueda acompañarte Marianne. Tal vez en otra ocasión.

-Claro Adalira, no te preocupes.- respondió, incómoda.

-Bueno, creo que es hora de que vuelva al edificio de los MMD, ya tengo un poco de frío. 

Me dirigió una sonrisa tímida y se despidió de mí diciendo adiós con su mano. Comencé a alejarme. Ya había pasado la arboleda cuando estuve a punto de caerme producto de un empujón. Para mi sorpresa, era Marianne de nuevo.

-¡Dios mío! No era mi intención Adalira, solo intentaba alcanzarte-me dijo completamente roja tanto por su vergüenza como por la carrera para llegar hasta allí - solo quería invitarte a mi recital, ya que no vas a tocar conmigo. 

Qué chica tan extraña, con su apariencia tan dura y en realidad parecía ser bastante dócil. 

- Puedes traer amigos si quieres – me indicó. 

-Déjame pensarlo… ¿Sabes qué? Pronto te visitaré de nuevo en ese kiosco y así me explicarás exactamente dónde es. 

Marianne no cabía en sí de su felicidad. Tuve la impresión de que seguramente no tendría muchos amigos en Stevanovna, pero ya que se estaba esforzando tanto por agradarme, me hizo sentir algo de pesar. Recordé cuando después de los ensayos algunos de mis compañeros me trataban con indiferencia. Solamente él no, siempre estuvo conmigo. 

-¡Muchas gracias!

-No te preocupes, bueno, creo que será mejor que me ponga en marcha. 

-¡Hasta luego y gracias de nuevo!

Llegué finalmente al edificio de los MMD, esta vez nadie me interceptó en el vestíbulo, en el ascensor, ni siquiera en el pasillo. Metí la llave, habitación 177. Hola de nuevo. Ahí estaba él, sin pensarlo dos veces me senté y con un poco de temor acerqué mis dedos a las teclas, una vez que se posaron…no pasó nada. Toqué Comptine d'un autre été de Yann Tiersen. 



Stevanovna, el lugar que me había estado esperando tanto tiempo. Irónico. Ya no importaba que alguien notara mi talento. Yo era feliz, en ese momento. Sentí como si fuera una eternidad, me perdí entre las teclas, seguí tocando por horas y horas. ¿Cuánto tiempo había pasado sintiéndome miserable por su ausencia? Nunca noté cuán necesario era para mí. Se fue con el frío de octubre, no había pasado los mejores meses de su vida, yo lo visitaba todos los días con la esperanza de que sucediera un milagro.

Un milagro que nunca llegó. Se trataba de una enfermedad rara, de esas que tienen la posibilidad de presentarse de uno en…no sé en cuánto, pero ni siquiera había un porcentaje significativo de personas que la padecieran como para que a alguien le importara. A veces hablábamos de los viejos tiempos, cuando me asustaba que se subiera a los árboles y que resbalara, cuando creábamos nuestras propias aventuras, mejores que las que nadie había escrito jamás, cuando cantábamos y componíamos juntos, él escribía y yo musicalizaba sus palabras. Cuando uno sabía todos los secretos del otro y viceversa, cuando él se reía de mis intentos de baile, realmente era muy mala y él demasiado condescendiente. Cuando…

Se fue con el frío de octubre.

No podía ver nada, las lágrimas bajaban por mi rostro. Una vez más, la música me hacía abrir esas partes de mi alma que no quería mostrar a nadie, las dejaba allí, al descubierto. Hace años que no pensaba en él, no porque no lo recordara, no porque le guardara rencor por dejarme sola, ni por irse cuando más lo necesitaba. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasar? Había sido un buen chico, no lo merecía y yo tampoco merecía que le pasara eso. Ambos nos merecíamos más. Es verdad, soy egoísta. Era mi amigo. No iba a volver a escuchar su risa en esos días soleados, no iba a haber nadie que me esperara a la salida de los ensayos para acompañarme a casa en los días lluviosos, nadie con quién llorar cuando sintiera que no podía seguir más, nadie a quién contarle mis secretos, mis chistes de los que nadie se reía, solo él. No volvería a sentirlo cerca. 

El dolor en mi pecho conforme seguía tocando se hacía más agudo, pero de alguna forma tocar me hacía sentir mejor, como si todo el pesar que sentía al recordarlo se filtrara por mis poros y se fuera con la música. Me percaté de que hacía un rato que ya no estaba tocando una melodía de memoria, simplemente tocaba lo que nacía de mí. No era justo. Quería recuperarlo, aún después de tantos años, no había podido aceptarlo, superarlo y dejarlo ir. 

Mis dedos avanzaban rápidos entre las teclas. Aún no lo dejaría ir. Pero había llegado a un lugar donde podía empezar de nuevo, con personas como Adelina, Charles, el señor Franz, incluso Marianne. Casi lo podía escuchar decirme “Quita esa cara preciosa, la música que sale de tus dedos suena mejor cuando tus ojos brillan y no dejas que la sonrisa se apague de tu rostro”.

viernes, 31 de mayo de 2013

Capítulo 4



Capítulo 4

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/91/Music-pianissimo.png

Conforme iba subiendo las escaleras mi intriga aumentaba. Pianissimo. Extraño nombre para un sitio de reunión, pero después de todo en Stevanovna cada cosa poseía un encanto armónico, simplemente no podías ignorar la belleza de la ciudad. 

Cuando llegué a la salita, me recordó a un lugar descrito en un libro que leí cuando era muy joven sobre un príncipe y su amiga, que se reunían en un lugar secreto y se dejaban mensajes cifrados para saber dónde reunirse la próxima vez. Creo que así lo habría imaginado.  

Había un piano vertical en el fondo, cerca de unos sofás. Sólo servían cafés y algunas golosinas, pedí un cappuccino de chocolate staccato. Cuando me lo sirvieron estaba decorado con pequeñas figuras de notas musicales que se perdían dentro de mi vaso conforme le daba vueltas. Había libros en las mesas, pero cuando abrí uno noté que sólo había particellas dentro.

- Hola Adelina, hace tiempo no te veía por aquí.

Un joven más o menos de mi estatura, de rizos oscuros y sonriente, pero reservado se había acercado a nuestra mesa. 

-Hola Charles…Pues sí, no he tenido mucha inspiración últimamente.

- ¿Es por lo del concierto de fin de mes? No te preocupes más por eso, ya tendrás otras oportunidades.

- Después hablaremos de eso, primero quiero presentarte a alguien que seguramente ya has visto. Aunque es posible que la recuerdes más pálida y desmayada ¡hahaha!

- ¿De qué hablas?- dirigió su mirada hacia mí. Creo que no se había percatado de mi presencia. En sus ojos apareció una chispa de reconocimiento.

-Soy Adalira, ¿fuiste tú quién me ayudó el otro día? Quería agradecértelo. –añadí con una sonrisa, algo avergonzada. Me pareció una persona muy interesante, tenía una camisa azul de cuadros con una bufanda alrededor de su cuello y vestía unos jeans. También lucía unos zapatos marrones que le daban una apariencia muy clásica. 

- Mucho gusto Adalira, me llamo Charles. Es verdad, la última vez que te vi lucías un poco más blanca. ¿Cómo te encuentras?

-Mejor, no termino de acostumbrarme a la ciudad, después de todo solo llevo cuatro días aquí pero me ha impresionado mucho lo que he visto. Stevanovna tiene una energía totalmente atrayente. 

-Sí, es un lindo lugar, incluso en el edificio de los MMD te tratan bastante bien. Afortunadamente podré venir a vivir más cerca de aquí, de Pianissimo.

-Sobre eso…Adelina, ¿qué es exactamente este lugar?

Charles tomó asiento frente a nosotras. Adelina me miró pensativa como tratando de elaborar en su cabeza una explicación que describiera la genialidad del lugar en el que estábamos, o más bien, de sus visitantes. 

-Este lugar es una ruta de escape, al menos para mí. Es un ambiente genial para darle rienda suelta a tu imaginación. El café es un sitio al que puedes llegar y pasar un rato agradable, sea que quieras componer o solamente escuchar obras compuestas por algún otro músico de la ciudad.

-Suena bien, pero no conozco a muchos otros músicos de la ciudad. 

-Por eso ni te preocupes, anímate a hablar con quien quieras, la gente por acá es muy amable y agradable – agregó Charles. 

La verdad es que siempre he sido algo tímida, la idea de llegar y hablar con personas, en especial músicos me ponía nerviosa. Seguro que eran sumamente talentosos y yo no tenía nada nuevo que ofrecer. Sin embargo, tenía todo el tiempo del mundo para mejorar, ¿no es así? Para alguien que ya no pertenece al mundo como lo conocemos, una persona muerta como yo, no hay mucho que perder, al contrario, cada día es ganancia.  

Mientras me encontraba sumida en mis pensamientos se acercó hasta nosotros un hombre mayor, de apariencia moderna.

-Bienvenida- dijo, dirigiéndose hacia mí.- ¿Eres nueva por aquí, cierto?

-Así es. Mi nombre es Adalira.

-Mucho gusto, yo soy Franz. Vaya, hace tiempo no veía una pianista nueva aquí en Pianissimo. Pues me alegro que te hayas decidido a venir. Adelina suele venir con otros pianistas, pero ya ellos tiene mucho tiempo por acá, siempre es agradable conocer músicos nuevos y talentosos.

Era una pregunta que me había estado dando vueltas a la cabeza desde que llegué, ¿cómo rayos saben que soy pianista con solo verme si no tenía ninguna señal visible de tal cosa?

-Lo sé, a todos cuando llegamos a la ciudad nos sorprende que identifiquen qué instrumento es nuestro predilecto - dijo, respondiendo a mis pensamientos- Lo que pasa es que algunos después de muchísimo tiempo aquí en Stevanovna comenzamos a adquirir una facultad llamada sinestesia. 

Reconocí la palabra, es una facultad poco común que poseen solamente algunas personas en la vida normal, es decir, en el mundo anterior. Sucede cuando puedes observar colores mientras escuchas música, o también se da que los colores son “traducidos” a música. Un sinestésico puede ver sonidos, por increíble que lo parezca. Puede incluso tener sensaciones gustativas al tocar algún objeto en especial. Nunca había conocido a alguien con sinestesia. 

-Vaya, no tenía idea, llevaba preguntándomelo hace rato. Eso lo explica.- aunque en realidad no tenía muy claro qué tenía que ver eso con el hecho de ser pianista, flautista, cellista o lo que fuera. 

Respondiendo nuevamente a mis pensamientos, Franz me explicó que cada músico en Stevanovna despide un color específico, con cierto brillo dependiendo de la personalidad de cada individuo. Me pareció un detalle poético. Observando a donde quiera que vayas en esta ciudad olvidada verás colores, saborearás la música. Hasta sentí algo de envidia por tan increíble experiencia. Sin embargo, se hacía tarde y decidí que pronto me iría de Pianissimo. 

Franz. Me sonaba familiar por alguna razón, lo había visto tal vez en algún libro, pero ¿qué clase de libro? Tal vez en uno de mis tomos de historia de la música, parte de las enciclopedias que mi padre había insistido en comprarme. Eleonora había hecho un comentario peculiar sobre Chopin, pero seguramente sólo bromeaba.

-Antes de que te vayas Adalira, ¿te gustaría escuchar una de mis composiciones favoritas?

Accedí gustosa.

Comenzaron a sonar las teclas en el piano vertical que estaba por los sofás que vi cuando entré. Notas muy agudas, un danzar de los dedos en las teclas, dedos entrelazados con un mar negro y blanco, en un diálogo infinito. Emoción de repente. Allegretto. Intriga. Nuevamente la melodía inicial, forte, forte. Ritardando. Dedos jugando, manos saltando de arriba para abajo en las octavas. Ostinato. Un mar indescriptible de sensaciones pasaban a través de mí. Accelerando. Confusión. ¿Es quién creo que es? Debe ser una coincidencia, un malentendido. Ya no podía observar sus dedos, que se movían a gran velocidad. Final. 

Indudablemente era Franz Liszt. 


lunes, 27 de mayo de 2013

Capítulo 3



Mientras leen:

 
Capítulo 3 

http://www.notamusical.es/wp-content/uploads/2012/07/componer-musica.jpg 

Cuando desperté, el suelo de mi habitación estaba cubierto de papel. 

Un paréntesis. Sé que me la he pasado durmiendo gran parte de la historia, pero a mi favor, debo decir que fue la parte más desgastante de llegar a Stevanovna, de hecho, no es un lugar donde alguna vez realmente te acostumbres a estar. 

No me molesté en recoger las hojas. Me duché y encontré un hermoso vestido azul cielo en un armario, me lo puse sin más. Ya no intentaba encontrarle explicaciones a lo que ahora sería mi hogar, al menos por tiempo indefinido. 

Salí decididamente, me dirigí hacia el ascensor y como si pudiera leer mi mente, me llevó hacia la recepción del edificio. Decidí que esta vez haría las cosas bien, tal vez así podría recuperarlo. No lo había olvidado ni por un solo instante. No. De ningún modo lo olvidaría.

Caminé tranquilamente por la recepción que me pareció más grande que la primera vez que había entrado por la gran puerta con el letrero de MMD, tal vez  porque sentía que cada paso que daba era decisivo, me concentré en mover un pie delante del otro. Intenté mantener oculta la ansiedad que sentía. Pude ver entonces una puerta blanca, la cual no combinaba con el resto de la decoración, no sé cómo no la noté antes. Ya era hora de encontrarme con Eleonora. Sentí cómo mis manos se iban tornando frías y sudorosas.

No necesité llamar a la puerta, se abrió una vez que estuve lo suficientemente cerca.

- Pasa, querida. – dijo Eleonora, quien por alguna razón me estaba esperando.

- Buenos días señora – contesté tímidamente.

- Supongo que has venido por explicaciones, ¿no es así?

Me sorprendió que fuera directamente al grano, no sabía qué decir. Solo pensé en mi piano y dejé las palabras salir.

-En realidad, en este momento sólo quiero saber cómo recuperar algo sumamente valioso para mí.

Observé su oficina, no tenía un escritorio. A decir verdad, no era una oficina convencional, tenía 3 sofás grandes de cuero, negros y bastante cómodos debo decir. Una mesita en el centro, de vidrio. Todo tenía un aspecto sumamente sofisticado. Por alguna razón estaba más que intimidada por Eleonora en ese momento, me sentí fuera de lugar y tenía la urgencia de irme.

- Ya veo, pero primero necesitarás purificar los restos del mundo anterior que hay en ti, querida. No pensé que desde el primer día fueras a sufrir un desmayo gracias a nuestro querido Frèdèric Chopin. Aunque debo decir que es una persona bastante agradable si lo llegas a conocer bien. En fin, puedo darte tu piano hoy mismo, y cuando vuelvas a tu apartamento seguramente estará ahí esperándote. Pero primero debemos establecer algunas condiciones.

- ¿Qué clase de condiciones?

-Stevanovna no es cualquier ciudad para músicos muertos Adalira, debes comprenderlo. Es necesario que te adaptes rápidamente al ritmo de vida de esta ciudad si no quieres desfallecer en el intento. Primera condición, debes componer al menos una pieza al día.

-Pero… ¿qué pasa si no puedo dar la talla?

-Creo que eso no será ningún problema  para ti, mi sensor me ha indicado gran actividad proveniente de tu piso la noche anterior, más actividad que la que se había percibido en meses. Los sensores son instrumentos creados con partes de incomparables armonías, son forjados en los talleres y déjame decirte que son bastante exactos. Por eso te devuelvo el piano, aunque creo que será un problema para ti alcanzar el equilibrio entre el síndrome de Chopin y la muerte musical. 

- ¿Muerte musical? – un escalofrío recorrió mi cuerpo - Eh… no entiendo bien a qué se refiere señora. 

- Llámame Eleonora querida, estás en confianza. – me dirigió una cálida sonrisa. En ese momento estaba demasiado confundida como para leer alguna intención escondida bajo esas palabras, me encontraba demasiado feliz. No pensé que fuese tan fácil recuperar mi piano. Ya me había hecho a la idea de asistir a estúpidas terapias para músicos desafinados, pero al parecer mi historia no iba por esa línea. 

- Bueno… ¿Cuál es la segunda condición? Además… ¿Cuántas condiciones son?

En ese momento sonó algo que parecía un teléfono, pero cuando lo vi me percaté de que era un pequeño tamborcito. Al parecer era algo importante porque enseguida se levantó y fue a ver qué era lo que había en el tambor, creo que era una especie de código, se oyeron 4 golpes.

-Retírate Adalira, seguiremos hablando cuando sea el momento. 

-Pero señora…digo, Eleonora, ¿qué pasa con…

-Adiós, Adalira.

Me levanté del sofá y me dirigí a la puerta y cuando estaba a punto de protestar una vez más, me tiró la puerta en la cara.

Comencé a caminar cada vez más rápido, me dirigí hacia el ascensor, a la habitación 177, a mi querido apartamento, mi querido piano. Exquisito. Esperándome. No cabía en mí de la emoción que sentía. Creo que no estuve más ilusionada alguna vez en mi vida.

-Adalira, mira lo que te compré.

Por un momento mi mente se nubló y la habitación desapareció ante mis ojos. 

10 años atrás, yo tendría 9 años. Mi familia me había llevado de viaje a la finca de mis abuelos, un bonito lugar en medio de la montaña donde podía jugar a ser cualquier cosa. Ese día jugaba a salvar a todos mis amigos, imaginarios por supuesto. Tiraba flechas prendidas con fuego a mi enemigo que se acercaba presuntuosamente con una mirada llena de odio. Tiré la flecha decisiva: justo en medio de la frente. Enseguida se esfumó con un grito de dolor. “¡Me vengaré!”, se escuchó detrás de la nube de su derrota. Había salvado a todos mis amigos, lo había hecho de nuevo. Estaba lista para mi nueva aventura, ¿qué sería esta vez? Tal vez sería navegante, o intentaría surcar los cielos volando, con mis propias alas o si no, las construiría yo misma. 

De repente escuché esa voz. Mis ojos se llenaron de sorpresa cuando lo vi.

-¡Estás aquí!

-Adalira, mira lo que te compré.

No lo había olvidado, era mi cumpleaños. Ya me había resignado a pasar el día lejos de él, no podríamos jugar juntos, como habíamos hecho desde que nos conocimos casi todos los días, semanas, meses, años. ¿Pero cómo había llegado hasta ahí? No importaba, mi querido amigo había llegado. Me vi a mí misma correr hacia él felizmente, pero en esa niebla misteriosa él no era para mí más que una sombra. No pude ver su rostro. Tenía un libro en sus manos y lo tendió hacia mí. Hice el libro a un lado y lo abracé. Esta vez, surcaríamos el cielo juntos.

Súbitamente, la neblina desapareció de mis ojos. Stevanovna, de nuevo. ¿Qué había sido aquello? Me encontraba de pie frente al ascensor, aún en el vestíbulo. De repente, las puertas se abrieron y salió Adelina, quien lucía un vestido lleno de flores rojas y un hermoso sombrero de verano. Me miró complacida.

-¡Te he estado buscando toda la mañana! ¿Dónde te habías metido?

-¿Ah sí? ¿Por qué me buscabas?

Estaba confundida. Mi cabeza seguía un poco nublada y no podía pensar con claridad.

-Creo que te vendría bien un poco de aire fresco, apuesto que no has tenido la oportunidad de visitar Stevanovna y sus mejores lugares. ¡Ven conmigo! 

No pude oponer resistencia, me tomó de la muñeca y me arrastró hacia la puerta. La luz realmente me cegó, pero una vez que abrí los ojos, todo lucía perfecto. No sé si mis ojos me engañaban, pero daba la sensación de que los colores se tornaban música y las melodías a su vez, teñían hermosamente todo alrededor, cada flor, cada árbol, incluso las casas lucían alegres. Escuché una armónica, sonaba una melodía divertida. Un señor la tocaba alegremente en una plaza cercana al edificio de los MMD. No podía dejar de oír la armónica, me llenaba de vida. Adelina estaba realmente complacida por el hecho de que yo hubiera accedido a acompañarla, aunque realmente ella me había empujado hacia fuera del edificio. Ya no importaba, con cada paso que daba solo aumentaban mis deseos de seguir conociendo la ciudad. 

- Tengo que llevarte a un lugar que te encantará, mis amigos pianistas lo frecuentan a menudo, es un café llamado “Pianissimo”.

Reí al escuchar el nombre del lugar al que pretendía llevarme.

-Supongo que es un lugar bastante tranquilo a juzgar por su nombre. 

- Es un lugar muy elegante, ¡te fascinará!

Así, arrastrada por esa alegre chica me dirigí a Pianissimo. Sin embargo, una incertidumbre se clavaba en mí.

No podía quitar de mi mente la figura oscura de mi recuerdo.